Noviembre: Ricardo Palma

Era Palma un señor
gracioso y parlanchín.
Había en su alma un mágico fulgor.
Sabía más diabluras que Arlequín.

El genio de los cuentos
y de los sabios dichos.
Urdía mil sabrosos argumentos
de exóticos matices y caprichos.

Un mago parecía
un trovador de antaño...
Todo lo transformaba en poesía.
Era el rey del color y del engaño.

Donde todo era vago,
impreciso e incoloro,
hallaba duendes, sílfides, endriagos...
Era el Alí Babá de un gran tesoro.

Sólo él ha sido el dueño
del mundo fabuloso
del mito, la leyenda, del ensueño,
la divina embriaguez y el dulce gozo.

Solares, alamedas,
cuando evocaba él,
vestíanse de luces y de sedas
de sones de laúd, quejas de miel...

Salieron de sus manos
Incas altivos, pallas
hieráticas y bravos castellanos
en busca de aventuras y batallas.

Al leer Las Tradiciones
se ingresa por la senda
de las más raras alucinaciones
donde Palma es el Rey de la Leyenda.

Y se halla en el trayecto,
por todos los confines
la ruin amante o el virrey abyecto,
tahúres, fornicarios, malandrines...

O de místicas siluetas
de Rosa, Fray Martín
y Mogrovejo ... o pálidos poetas
venales con cerebros de aserrín.

Oídores, caballeros,
corsarios, truchimanes,
mendigos, cortesanos, pendencieros ...
magnolias, rosas, ñorbos, tulipanes...

Un génesis sangriento
envuelto en nubes de oro.
Todo el Perú arrastrado por un viento
de gloria: quechuas, españoles, moros...

Palma tenía un don
muy raro de contar.
Tenía a flor de labio un aguijón
pero en el alma un rico colmenar.

Hay tintas en su prosa
de clásico y romántico;
pero él le dio la gracia salerosa
que existe en este lado del Atlántico.

Delicioso y perverso,
ágil, punzante, vivo.
Un dardo de diamante era su verso
y en su alma había un ruiseñor cautivo.

Luego de nos contar
cosas alucinantes,
se fue de este país, se fue a contar
al propio Dios sus cuentos hilarantes.

Sentado está a la diestra
de Lope y de Cervantes
y echa a puñados –para gloria nuestra-
palabras, como lluvia de diamantes.