Título: LA VENGANZA
Autor: CHRISTIAN PABLO HUAMANI LOAYZA – Seudónimo: Shenan Becerra

Christian Huamani tiene 26 años. Estudia literatura en la Universidad Nacional de San Agustín, en Arequipa. Es cofundador y miembro del grupo literario y círculo de lectura Neo Phuru y de la revista académica de humanidades Nuveliel. Sus poemas aparecen en diversas revistas independientes de la ciudad de Arequipa.

Estaba nerviosa. El taxi se estacionó a un par de metros de mí. Verifiqué que ninguna vecina o vecino me estuviera espiando a lo lejos por la calle. Tragué un poco de saliva y avancé dando pasos largos mientras intentaba mantener el equilibrio sobre mis tacos. Cuando alcancé el auto, no pude evitar detenerme en el cristal que reflejaba mi rostro, definitivamente no parecía yo. Entonces abrí la puerta trasera, me senté e hice una seña al chófer para que avanzara. El conductor me vio por el espejo retrovisor e hizo un gesto de admiración.
—¿A dónde, señorita? —me preguntó. —Un momento—respondí intentando sonar seria. Y busqué el papelito donde tenía la dirección mientras empezaba a arrepentirme de lo que estaba haciendo. ¡No soy este tipo de persona!, me dije. Pero no podía olvidar lo de la semana pasada. Busqué con furia en mi bolso y cuando encontré la notita se la leí al chófer. El auto, entonces, se puso en marcha y, mientras las calles pasaban y me adentraba en el cercado de la ciudad, me pareció que estaba de nuevo acomodando algunas prendas de mi esposo en el ropero.
Martín, bonito nombre, me dije cuando lo conocí hace siete años. Nunca tuvimos un gran problema, él siempre estaba muy alegre y era atento conmigo y con mi hija. Me decía constantemente que me amaba e incluso satisfacía mis caprichos un poco costosos. Y claro, como todos, tenía una manía. A él no le gustaba tener cerca el olor de la ropa sudada. Se bañaba constantemente y él mismo ponía su ropa del gimnasio en la lavadora ni bien llegaba en la noche. Eso me evitaba molestias asquerosas y yo lo agradecía sin insistir demasiado en cuándo contrataríamos a una persona para que ayudara con el aseo de la casa. Pero aquella semana, en un martes como ayer que salí bien maquillada y lo mejor vestida que pude, encontré una tarjeta en uno de sus sacos. Esta era roja y tenía estrellas negras adornando los bordes. En el centro se leía en letras grandes «DENIS» y al reverso tenía un número de celular. No podía creerlo y, luego de meditar un instante, regresé esa tarjetita al bolsillo de donde había salido. No dije nada.
Un par de días después, no pude soportar más. Cata, mi amiga, al otro lado del teléfono, escuchó entonces todo mi llanto y mi cólera. Ella, intentó consolarme y distraerme con algún tema del reality de la televisión o de la captura del ex presidente cholo en los Estados Unidos, pero yo no paraba de llorar.—Ya, cálmate, amiga, ya sé lo que necesitas— me dijo Cata al final—. ¡Págale a Martín con la misma moneda!
—Ya llegamos, señorita—interrumpió el chofer y volvió a observarme por el espejo retrovisor.
Luego de pagar me bajé a toda prisa. Caminé media cuadra hasta un hotel. Verifiqué el número del edificio en mi papelito arrugado. Me acerqué a la entrada donde la puerta de cristal se abrió sin que yo la tocara. Adentro, el recepcionista me saludó y preguntó si podía ayudarme en algo. Respiré profundo, di una mirada a mi alrededor y verifiqué que estaba sola.
—Vengo por una habitación… en el tercer piso—dije.
—Ah, entiendo. Pague aquí, señora—dijo el joven—. Esta es su llave y su antifaz, suba por las gradas de la derecha y espere en su habitación.
Terminé en ese hotel por idiota, es la verdad. Cata me insinuó que conocía un lugar donde una podía ir a olvidar esos malos momentos con su marido. «Ese tipo de tarjeta roja lo dice todo», dijo. «Si quieres llama a esa tarjeta, verás que es de un prostíbulo…O puedes ser tú la trágica o pueden quedar a mano. Sabes que él nunca lo admitirá…». Di vueltas al asunto por varios días e incluso pensé en dejarlo pasar. Muchos hombres lo hacen, pensé. Pero me dolía que Martín haya decidido tener que buscar a una prostituta. ¿Acaso yo no era suficiente para él? Y, si ese era el caso, él tampoco debería ser suficiente para mí.
Entonces llamé a Cata:
—¡Perfecto! —dijo mi amiga cuando le conté que me había animado.
—Sí, lo haré. Encontré preservativos en su maletín. ¡Tenías razón!
—Ya vez. ¡Es un perro! ¡Se ve con una prostituta o una amante! ¿Qué hombre lleva condones es su maletín si tiene los suficientes en casa? —dijo, y yo asentí. Bien, amiga, anota la dirección. Procura ir bien vestida. A los chicos les gusta que te veas bien…
—¿Me acompañas? —pregunté inocente.
—¡Nunca! — gritó, Cata y soltó una carcajada. ¡No quiero un trio!
—No, no es eso. Es que me da vergüenza—murmuré sonrojada.
—¡Ya eres grandecita, mujer! Solo sé discreta y no olvides ponerte el antifaz. Tampoco olvides los preservativos. Y disfrutar, querida, ¡disfrutar!
¿Desde cuándo viene Cata a este lugar? Me preguntaba ayer, antes de notar que la puerta de la habitación comenzaba a abrirse. Entonces recordé el antifaz y lo busqué para ponérmelo, pero esa voz, ya cerca de mí, me detuvo.
—¿Gloria? ¡Qué carajo haces aquí! —gritó Martín, semidesnudo, mientras se quitaba la máscara.

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