IV.

Que este dolor no es de Dios, sino nada más que del hombre.
Que este dolor, único madero de fuego en hombros del mundo.
Que esta actitud inmensurable de la herida del alma.

Yo,
contra la muerte que funden los verdugos y fariseos,
contra la peste que desciende de todos los palacios,
contra la sed que nos devora en este –valle de lágrimas-,
contra el hambre que nace nada más que del oro,
contra el César.

Y por la madre que llora reducida en la sangre,
por el pan muerto y su cortejo universal de súplicas,
por la irredenta entraña que se reparte el mundo.

por el brazo que se cayó molido a palos, y no gritó,
por el niño que aprende amar la muerte y temer la vida,
por la luna queriendo ser poseída y ser sembrada,
por quien me dice –señor- y no comprendo esa palabra,
por el maestro perdido en el desierto de las almas,
por la mujer que sueña frutecer un redentor,
y por la vez primera que quiero sonreir…
por tí,
por mí.

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