XIII

Lo vi pasar. El campo era de estío.
Primaba el cobre; el oro se extinguía.
La brisa de rosales se ceñía.
Lejos gemía zigzagueando el río

Lo vi pasar. El manto en albedrío.
Fija la vista allá, en la lejanía.
Era el profeta. De su ser fluía
la lumbre misteriosa del vacío.

Se revistió el ambiente de una quieta
placidez forestal. En los alcores,
estremecióse el alma de las flores.

Yo vi pasar al bíblico profeta.
Tanto me emocioné esa tarde hermosa,
que aún tengo toda el alma temblorosa.

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